Quisiera enfocar el tema de la fidelidad desde una perspectiva positiva. Comenzaré dando una definición de la fidelidad distinta de la que di entonces, y tomada del filósofo francés Maurice Nedoncelle, autor de un pequeño tratado sobre esta virtud, que desgraciadamente no ha sido traducida al español: “Es la creencia activa en la constancia de un valor y la disposición —fruto de esta creencia— de guardar vivamente en la conciencia la presencia continua de esta virtud”.
El ser humano, alguien comprometido
La experiencia nos dice que el hombre, antes de que quiera comprometerse en algo, está ya comprometido en muchos aspectos fundamentales que él no ha elegido. Esto es debido a que el ser humano es siempre un “ser situado”. El hecho de haber nacido como tal, vivir en un siglo concreto, pertenecer a una raza y no a otra, a tal país y a una familia concreta, ser varón o mujer... Existir supone una larga lista de compromisos no elegidos sino impuestos. Y es alienante no querer reconocerlo. Sólo partiendo de la constatación y de la aceptación positiva de estos compromisos se puede hacer algo en la vida para construirse a uno mismo. Creerse totalmente libre de condicionamientos (que son también oportunidades) es sólo añadir un límite más a todo lo que el sujeto ya tiene. El estar comprometido forma parte de la condición humana.
Todo ser humano, cuando nace, ya está hecho en parte, pero también está por hacerse, parcialmente comprometido, o por comprometerse. En él hay posibilidades que están en germen y que sólo pasarán de la potencia al acto contando con su colaboración.
Misma que supondrá decisiones, compromisos nuevos, esfuerzos, lucha. Sólo así llegará a realizarse en su ser concreto de persona humana. Esta vocación del ser humano es única en la creación. Es el llamado a colaborar activamente en la consecución de su propia plenitud. Como dice santo Tomás: “Dios lo ha hecho providencia de sí mismo”. Por eso tomar una actitud pasiva ante la vida, dejarse hacer, significa abdicar de su especificidad y dignidad. Recordemos a este respecto las palabras de Pablo IV en su encíclica Populorum progressio: “El crecimiento humano constituye como un resumen de nuestros deberes” (n° 16).
Ante esta tarea el ser humano se experimenta, al mismo tiempo, objeto y sujeto, herencia y proyecto, pasado y futuro. Su corporeidad le hace sentirse objeto del mundo, en él y fruto de los demás (es un ser esencialmente social). Pero también se descubre sujeto, interioridad, conciencia, un yo libre, nuevo y único, con libertad de y libertad para. El compromiso por ser más, forma parte de la verdadera vocación del ser humano.
Libertad concreta y liberación
Parto del presupuesto de que ya sabemos que ser libres no quiere decir hacer lo que a uno se le antoje, prescindiendo de cuanto inevitablemente ya es. Ser libre no es hacerse esclavo del dinero, del sexo, del alcohol, de lo que sea. El ser humano es libertad “encarnada”; autonomía y condicionamiento.
Esto es un punto de partida, pero sobre todo una meta. El individuo más libre no es aquel que cree que puede llegar a ser cualquier cosa, porque ignora sus posibilidades y limitaciones personales reales, sino aquel que ha tenido que renunciar a muchas cosas, posiblemente en teoría, para poder llegar a ser algo. La persona que ha conseguido algo de cuanto podía ser, llegará efectivamente a “ser”.
Lo fundamental no es simplemente el “poder ser”, sino el “ser”. El horizonte del poder ser se nos presenta sin duda más amplio; pero la plenitud está en el “ser” concreto, el cual es sin embargo realidad y límite a la vez. De ahí que podamos decir que no es verdaderamente libre en la medida en que se puede ser, sino en la medida en que se es. En este sentido “ser” es límite, pero también libertad. Ésta no es estar a merced de cualquier cosa, sino la completa autoposesión del yo para decidir el mayor bien posible para mí mismo, entendiendo esto no en un sentido egoísta, sino en cuanto yo soy feliz en cuanto soy para los demás. Y decidir quiere decir escoger, renunciar a una posibilidad a favor de otra.
En conclusión, el ser humano es más libre cuanto más se realiza. La libertad es un don recibido, un regalo que estamos recibiendo a cada momento de Dios, como también tarea, renuncia, elección, conquista y esfuerzo para abrirse paso en el ser. He aquí por qué no querer comprometerse con el pretexto de conservar la libertad, cuando es todo lo contrario a una defensa de la misma; el escoger o no escoger es privar a la libertad de un espacio real mayor y que tal vez podía haberse alcanzado.
El compromiso, fruto de un cálculo y de una esperanza
Comprometerse es querer posesionarse del tiempo, hacer que el futuro sea como queremos que sea. Ahora bien, la persona humana no se compromete porque vea del todo claro el mañana, sino porque ve la realización del futuro deseado como posible mas no automático: hay que ayudarle, optar por él. El futuro no será nunca del todo evidente, porque está sujeto a influjos que no dependen sólo del presente o de la voluntad de la persona. El futuro es inevitablemente incertidumbre, sorpresa.
Aunque el compromiso no debe ser improvisación. No es un acto ciego. Es fruto de un cálculo y de una esperanza: el cálculo o discernimiento de lo que el sujeto es, de la que juzga ser su vocación, teniendo en cuenta sus aspiraciones y posibilidades; la esperanza de que cuanto quiere llegar a ser será posible, va a tener lugar.
Es un desafío al tiempo, un acto de fe en la propia persona (por esto se requiere un mínimo de autoestima para comprometerse) y de confianza también en la ayuda de los que le rodean.
Un desafío fundado, calculado; sabiendo que habrá de hacer frente a ciertas dificultades, pero con la convicción de que hay más probabilidades de éxito que de fracaso. Respecto a todo esto dice un moralista, el P. Eduardo López Azpitarte: “Para ser fiel hay que aceptar un presupuesto previo: tener fe en la capacidad del ser humano para orientar la vida con un carácter definitivo. Es un riesgo que se asume por creer en la fuerza moral de poder arrostrarlo”. Los cristianos, además, también creemos en el Espíritu Santo. “Recibirán la fuerza de lo alto” (Lc 24,50) les dice Jesús a sus apóstoles.
Consciente del proyecto que se quiere vivir, como respuesta a las exigencias humanas y religiosas de nuestro interior y del mundo que nos rodea, surge el deseo de conservarlo para siempre. Es un gesto de libertad, porque uno se resiste a pactar cobardemente con lo que ahora es, y soñamos con un futuro distinto que satisfaga las necesidades más profundas de nuestro ser. Se sabe que no se puede renegar del pasado, como si fuera posible hacer caso omiso de todo lo que nos condiciona, pero aceptamos aún más el misterio del futuro. No queremos tampoco someternos al ritmo variante de la historia, vivir como una marioneta en manos del destino o dejarnos llevar por la fuerza de los acontecimientos naturales. Deseamos ser dueño y actor de nuestras propias decisiones, darnos una estructura determinada que unifique nuestra propia existencia y nos otorgue una identidad.
Maurice Nedoncelle dice también en la obra a la que antes he aludido: “En la fidelidad existe un doble movimiento: por una parte quiere ser absoluta, es decir capaz de gobernar de antemano en la dirección deseada toda la serie de los instantes futuros; por otra parte, esta misma secuencia debe verificar el propósito; la sucesión de los instantes debe mostrar la docilidad, si tuvo lugar. En la primera perspectiva, la continuidad es querida expresamente por el sujeto; en la segunda la continuidad lo rodea y lo envuelve, es finalmente, padecida por el sujeto y ella proclamará, de manera objetiva, el poder o la impotencia de su voluntad inicial. En ambos casos, la continuidad necesaria a la conciencia fiel significa que ésta es a la vez continuada en sus disposiciones y sigue en su proceso. En suma, la fidelidad es una continuidad contingente: es un drama. Por esto la voluntad constante está siempre mezclada de incertidumbre, de humildad y de angustia”.
El mismo Nedoncelle continúa hablando del riesgo de todo compromiso y de la necesidad de fe en toda fidelidad personal. Afirma: “el riesgo no se puede eliminar, porque comprometerse es comprometer el futuro, y éste no nos pertenece todavía; pero, más radicalmente aún, porque es decir de todo el propio ser con un aspecto de él mismo. El yo ideal que uno se construye está por hipótesis a distancia del yo empírico que ya se ha realizado; es además una tentativa incierta por encontrar la vocación o el valor más profundo que se nos da. Es una ‘mimesis’, somos como un pintor que no puede ver al modelo sino tratando de reproducirlo; condición llena de tanteos y de errores, inherente a toda vida moral. El compromiso moral es a priori; es algo así como si se firmara un cheque sin tener la certeza de que todavía quedan fondos”.
Termino este apartado con una cita de Romano Guardini: “¿Cuál es el sentido de la virtud de la fidelidad? Se puede describir como una fuerza y que supera al tiempo, es decir, la transformación y la pérdida, pero no como la dureza de la piedra, en firmeza fija, sino creciendo y creando de modo vivo…, lo que sustenta la fidelidad ha de ser lo mejor que hay en nosotros, el núcleo de nuestra humanidad, la persona y su capacidad de merecer confianza…, la fidelidad supera transformaciones, daños y peligros”.
“No por una fuerza de obstinación correspondiente a un carácter. Esto puede ser así y feliz quien la posee. Pero la fidelidad es algo más que esto, algo diferente, a saber: la firmeza resultante de que el hombre haya tomado algo en su responsabilidad y lo sustente. Supera las mutabilidades, daños y amenazas de la vida, partiendo de la fuerza de la conciencia”.
¿Puede ser definitivo el compromiso?
En realidad no se puede saber nunca, hasta la muerte, si un compromiso ha sido o no definitivo. El futuro —ya lo hemos dicho— tiene un margen de sorpresa que no se puede suprimir en el presente. El único modo para condicionar ya desde ahora el futuro, a fin de que llegue a ser como la persona lo quiere, es el compromiso vivido fielmente hoy. La fidelidad de nuestros días es la garantía y la seguridad humana posible del mañana. Se programa, decide, condiciona y de alguna manera, se crea y se posee ya el futuro según se viva en el presente. Teniendo esto en cuenta, no se puede decir que un compromiso “será” definitivo, pero sí que puede aspirar a serlo con fundamento. Cuando el ser humano toma un compromiso para toda la vida, lo que hace es expresar una firme voluntad y un propósito, aunque no una seguridad absoluta.
Y para que pueda tener más garantías de ser definitivo, el compromiso tiene que abarcar a toda la persona, es decir su inteligencia, su sensibilidad y su voluntad. Debe saber a qué se compromete como un bien para él y decidirse en su favor. De estos tres elementos —aunque los tres sean todos esenciales—, el más decisivo —como ya dice santo Tomás a propósito del acto de fe— es la voluntad; y el que menos, la sensibilidad, dada su mutabilidad.
Ahora bien, si tenemos en cuenta, por una parte, la debilidad de la voluntad de no pocos y, por otra, la importancia dada a lo emotivo en nuestra sociedad, se comprende la dificultad de muchos en permanecer fieles a sus compromisos.
Pero con estas condiciones se puede humana y cristianamente tomar un compromiso que ahora aspira a ser decisivo. En el fondo un compromiso definitivo es un acto de fe en la persona, en cuantos la rodean y en la acción de Dios en ella. Para el hombre religioso —cristiano o no— es Dios en último término la razón de nuestra esperanza, de nuestra fortaleza y de nuestro compromiso. Sé de quién me he fiado dirá san Pablo (2Tim 1,12).
¿Se puede institucionalizar el compromiso?
La persona humana es un ser encarnado, corpóreo y social. Existir significa coexistir: vivir con otros, gracias a otros, en medio de otros, a pesar de otros. Cuando más un compromiso condiciona la vida de la persona, tanto más limita la de los demás y la relación mutua. Querer prescindir de esta realidad es ignorar el modo de ser humano. Y hay que comenzar por la fidelidad a la realidad como principio de verdad y de libertad.
Ahora bien, coexistir supone conocimiento y acuerdo mutuos: dependencia recíproca. Supone el derecho a conocer al otro y su deber de darse a comprender a fin de que se pueda establecer con él la mejor relación posible para ambos; ser consciente de que el espacio a disposición no es ilimitado, y que el modo para poder dar a cada uno el mayor espacio posible, es el de limitar un poco el de todos. Si la persona concreta tiene un compromiso que condiciona en profundidad su vida, no puede dejar de influir en su relación con los demás. De ahí deriva la conveniencia de publicarlo, de institucionalizarlo: Porque los demás tienen un derecho (y, en consecuencia, existe el correlativo deber en quien se compromete) a saber cuál es el mejor modo de relacionarse con nosotros. Es un acto de justicia reconocer que ellos existen y cuentan en la vida de quien se compromete: que los valora, los ama y les pide colaboración.
Además conociendo (y aceptando) el compromiso, los demás ayudan a quien se compromete a ser fiel: suponen que desea ser coherente y, consecuentemente, le conceden (o han de concederle) un espacio humano, jurídico y religioso, que proteja la decisión. La institucionalización, al reforzar el compromiso, es una ayuda, un acto de amor. Esta institucionalización, dado que el ser humano es cuerpo e historia concretos se da a partir de un momento temporalsociológico determinado. Por lo tanto se hace mediante gestos, signos y palabras, sencillos o complicados, espontáneos o convencionales, pero concretos e inteligibles para los que son testigos de ella.
Compromiso, fidelidad y amor
El compromiso para toda la vida, precisamente en cuanto abarca a toda la persona en cuanto tal, no puede hacer referencia simplemente a ideas abstractas o cosas, sino a personas. Los votos, promesas, consagraciones son modos de expresar y objetivar el compromiso fiel a alguien. La fidelidad mira más bien a las personas, no a la institución. Es un modo de vivir una relación interpersonal: tiene siempre los rasgos de alguien cuyo rostro y corazón nos interrogan. Es el modo de vivir el amor a Dios y a los demás; porque el amor es compromiso, no siempre fácil, pero sí gozoso y alegre si éste es verdadero. La fidelidad debe ser el compromiso de amor que dura en el tiempo.
He intentado en este artículo armar algunas reflexiones sobre el aspecto humano de la fidelidad. Pero los cristianos en último término no podemos olvidar, como dice un teólogo, que los fieles son los que se bendicen en el Dios-amén.
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