La santidad de sacerdote: a la luz de santo Tomás de Aquino (II parte)
Año Sacerdotal, Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP
3. El sacerdote, modelo para los fieles

Considerado por los fieles como una persona elegida por Dios para guiarlos, el ministro ordenado debe ser siempre un ejemplo transparente de virtudes, como le recomienda el apóstol a su discípulo Tito: “Pórtate como un modelo de buenas obras, enseñando la doctrina pura con lenguaje grave, sano e irreprochable; para que el adversario quede confundido, no pudiendo decir nada de nosotros” (Tit 2,7-8).

En efecto, una conducta irreprensible, inflamada por la caridad, que testimonia la belleza de la Iglesia y la veracidad del mensaje evangélico, hablará más profunda y eficazmente a las almas que el más lógico y elocuente discurso: “El más grande elogio del maestro es la vida virtuosa del discípulo, así como lo es para el médico la salud del enfermo.(…) Al presentar nuestras obras buenas, la doctrina de Cristo será alabada”.

Hay cosas en que se entiende la obligación de dar ejemplo, de ser modelo, en sentido minimalista: cumplir más o menos los propios deberes, como todo mundo. De esta manera mediocre, se cree estar en regla con la propia conciencia. Pero, quien ha sido llamado a servir como modelo para los demás no debe tener como punto de referencia a aquellos a quienes debe guiar, sino a aquellos que alcanzaron el más alto grado de perfección.

Cristo es el verdadero modelo del ministro consagrado. Es con Él con quien el sacerdote debe con-figurarse, no sólo por el carácter del sacramento, sino también por motivo de la imitación de sus perfecciones, a tal grado que los fieles puedan ver en él a otro Cristo. Sólo de esta manera ellos se sentirán verdaderamente atraídos por el buen ejemplo de su pastor y guía. Como los hombres somos naturalmente sociables, la buena reputación que brota espontáneamente de la virtud lleva a los demás a la imitación. Por ello, cuanta mayor semejanza con Cristo encuentren los fieles en sus pastores, tanto más fácilmente se dejarán guiar por ellos. En consecuencia, más eficaz será su ministerio. Así lo comenta santo Tomás: Ahora bien, es necesaria la estimación a los prelados de la Iglesia para la salvación de los fieles; pues si ellos no los reconocieron como ministros de Cristo, no les obedecerán como a Él, según se lee en la epístola a los Gálatas (4,14): “me recibieron como a un Ángel de Dios, como al mismo Cristo”. Más aún, si no los reconocen como dispensadores, se resistirán a recibir de ellos las gracias, en contraste con lo que dice el mismo apóstol: “lo que yo perdoné —si algo he perdonado— fue por ustedes en presencia de Cristo” (2Cor 2,10).

Esta estimación por los sacerdotes, tan importante para una plena eficacia de su munus, depende también de la veneración que los fieles tengan por el sacerdote como tal. San Francisco de Asís, por ejemplo, que nunca quiso recibir la ordenación presbiteral por considerarse indigno de ella, tenía tal respeto al sacerdote que llegaba a besar el suelo por donde pasaba uno.

4. La sacralidad del sacerdote

Un elemento que debe acompañar al buen ejemplo es la equilibrada respetabilidad que debe inspirar el porte externo del ministro de Dios —no sólo una conducta intachable, sino también un modo de presentarse en su atuendo exterior que refleje la sacralidad del sacerdote— para que su ministerio sea siempre más incisivo en el alma de los fieles. De hecho, precisamente en nuestros días, la experiencia cotidiana nos dice que es grande la admiración devota hacia los religiosos o sacerdotes que se presentan como tal. Esta respetabilidad, que podría parecerles a algunos puramente artificial, en la práctica llega a ser un auxiliar valioso en el ministerio, pues ayuda a recordar constantemente la alta dignidad con que fue investido el sacerdote, quien lleva impreso en su alma el carácter sacerdotal para toda la eternidad. Es además una oportuna protección contra las innumerables seducciones del mundo.

Con todo y que estas actitudes externas, así como una prudencia razonable para reservar la imagen venerable del sacerdote a los ojos de los fieles, en nada favorece tanto como una verdadera santidad de vida. Santidad cuya fuente el sacerdote la encuentra principalmente en la celebración eucarística.

5. La santa misa, fuente de santidad sacerdotal

En este año sacerdotal, inaugurado en ocasión de los 150 años de la muerte del santo cura de Ars, modelo de sacerdote, es necesario recordar su entrañable y apasionada devoción a la santa misa: Si comprendiéramos lo que vale la misa, moriríamos. Para celebrarla dignamente, el sacerdote tendría que ser un santo. Cuando lleguemos al cielo, veremos entonces lo que es la misa, y cómo tantas veces la celebramos sin la debida reverencia, adoración, recogimiento.

En el decreto Presbyterorum ordinis, el Concilio Vaticano II, en perfecta sintonía con la doctrina tomista, resume de manera excelente la centralidad de la Eucaristía en la vida espiritual del sacerdote, como su principal medio de santificación. Desde el comienzo afirma que el orden de los presbíteros fue instituido por Dios “para ofrecer el sacrificio, perdonar los pecados y ejercer oficialmente el oficio sacerdotal en nombre de Cristo a favor de los hombres”.

Enseguida recuerda que, “a través del ministerio, que comienza con la predicación del evangelio, toma del sacrificio de Cristo su fuerza y su virtud”. Lo que equivale a decir que el sacerdote vive para la celebración eucarística y que es de ella de donde debe sacar fuerza para crecer en la práctica de la virtud. Más adelante, pone de relieve el decreto conciliar: “los demás sacramentos, así como todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, están vinculados con la sagrada Eucaristía y a ella se ordenan”.

“De hecho, en la santísima Eucaristía está contenido todo el tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo”. Precisamente por esto, quien ha sido llamado a una vocación misionera, no puede olvidar que su evangelización debe tener por objetivo el sacramento del altar y debe de alimentarse de él: “La Eucaristía es fuente y corona de toda evangelización”. Pues en el sacrificio eucarístico se realiza la misma obra de la redención, Garrigou Lagrange sintetiza con exactitud esta doctrina: El sacerdote debe considerarse ordenado principalmente para ofrecer el sacrificio de la misa. En su vida, este sacrificio es más importante que el estudio y las obras exteriores de apostolado. De hecho el estudio debe tener por meta el conocimiento cada vez más profundo del misterio de Cristo, Sumo Sacerdote, y el apostolado debe derivar de la unión con Cristo, sacerdote principal.

Royo Marín, al comentar la exhortación del Pontifical Romano, que el Obispo dirige a los ordenandos, afirma vigorosamente que la santa misa es la “acción más alta y sublime del sacerdote de Cristo”.12 Y, conociendo las múltiples preocupaciones pastorales de un sacerdote, que pueden fácilmente desviarlo de su vocación mediadora entre Dios y los hombres, subraya la misma idea con palabras inflamadas de celo sacerdotal: Esta es la función sacerdotal por excelencia, la primera y más sublime de todas, la más esencial e indispensable para toda la Iglesia, y al mismo tiempo fuente y manantial más puro de la propia santidad sacerdotal. Es sacerdote, ante todo y sobre todo, para dar gloria a Dios con el ofrecimiento del santo sacrificio de la misa. Temeroso de que sus palabras no penetraran suficientemente en el ánimo de sus lectores, hermanos en el sacerdocio, Royo Marín enumera algunas tareas legítimas que podrían servir de pretexto en el enfriamiento del celo sacerdotal, insistiendo nuevamente en la centralidad del sacrificio de la misa: Antes que todas las demás tareas sacerdotales, incluso del trabajo pastoral con las almas, el sacerdote debe poner en primer lugar la digna y fervorosa celebración del santo sacrificio del altar. Todo lo que distraiga y estorbe al sacerdote en esta función deberá ser rechazado enérgicamente por él mismo. Su primera tarea, ante la que las demás deben pasar a un segundo plano, consiste —en repetirnos— en el santo sacrificio de la misa, por medio de la cual Dios es glorificado de manera infinita.

Es oportuno poner de relieve que la Eucaristía no sólo confiere la gracia, sino que incluso la aumenta a quien la recibe con las debidas disposiciones: El sacramento de la Eucaristía tiene por sí mismo el poder de dar la gracia. (…) La gracia crece y la vida espiritual aumenta cuando se recibe realmente este sacramento (…) para que el hombre sea perfecto para unirse con Dios.

Benedicto XVI, cuando trata acerca de la vocación y espiritualidad sacerdotal, desde la perspectiva pastoral, afirma que es con la oración como el sacerdote apacienta a sus ovejas. Los presbíteros, dice, tienen “una vocación particular para la oración, en sentido fuertemente cristocéntrico. Es decir, estamos llamados a permanecer en Cristo”. Y prosigue: Nuestro ministerio está totalmente ligado a este “permanecer” que equivale a rezar, y viene de esto su eficiencia. (…)

La celebración eucarística es el mayor y más noble acto de oración, y constituye el centro y la fuente de la que también otras formas reciben la “linfa”: la liturgia de las horas, la adoración en la eucaristía, la lectio divina, el santo Rosario, la meditación. Nuevamente encontramos la Eucaristía en el centro de la vida sacerdotal.
 
 
 
   
 
 
 
   
 
 
  Legales   Ediciones Paulinas S.A. de C.V. México 2007