En el mes de octubre de 2008 se celebró la XII Asamblea del Sínodo, cuya temática giró en torno a la Palabra de Dios, que está en la base de la misión de la Iglesia. Se inspira así una reflexión que plantea la importancia de la celebración de la Palabra de Dios en la liturgia, como una expresión específica de dicha misión.
En su homilía inaugural el santo Padre ponía en claro las bases para dar a la Iglesia directrices muy concretas sobre tan ingente misión: “Renovaremos de manera significativa este anuncio durante la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene como tema: ‘La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia’[…] Cuando Dios habla, pide siempre una respuesta; su acción salvadora requiere la cooperación humana; su amor espera ser correspondido. Que no suceda nunca, queridos hermanos y hermanas, lo que narra el texto bíblico a propósito de la viña: ‘Y esperó que diese uvas, pero dio agraces’ (cfr Is 5,2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón del hombre… Nutrirse de ésta es para ella su principal y fundamental tarea. En efecto, si el anuncio del evangelio constituye su razón de ser y su misión”.
Para entrar de lleno en el tema, partamos del siguiente presupuesto: Dios salva, pero requiere la cooperación del hombre. Dicha cooperación supone que el hombre conoce a Dios, acepta su Palabra, entra en relación con ella, se deja interpelar y da una respuesta. Todo ello implica una dinámica de vida que se nutre de la misma palabra, de ahí que el Papa establece que sólo ésta puede suscitar un cambio profundo en el hombre que escucha.
Liturgia y Palabra
Al inicio de las asambleas se buscó poner en claro la naturaleza del trabajo. Evidentemente los padres sinodales llevaban todo preparado y meditado, sobre todo porque el Instrumentum laboris alude más de 40 veces a la importancia de la liturgia en la celebración de la Palabra de Dios.
Por esta razón las palabras de Mons. Eterovi demarcan la razón de ser del trabajo en estos términos: “Nuestro Señor Jesucristo, hombre y Dios, recorría las ciudades y las aldeas de tierra santa ‘enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo’ (Mt 4,23)”.
“Su revelación, hecha por medio de palabras y gestos, culminó en el misterio pascual, en el descenso de la pasión y de la muerte, y en la sucesiva glorificación de la resurrección y de la ascensión ‘por encima de todos los cielos, para llenarlo todo’ (Ef 4,10)”. Estas palabras se sitúan en el vértice de un trabajo preparatorio bastante arduo a nivel mundial. El 11 de mayo de 2008 fue entregado el Instrumentum laboris no sin antes considerar la previa entrega de los Lineamenta que marcaban el sendero a seguir en la reflexión preparatoria. Me parece que su fuerza reside en el marco preparatorio ya mencionado, y continúa en el itinerario que propone para los días sucesivos: debe contemplarse al Señor Jesús enseñando, proclamando la Buena Nueva, curando y revelando por medio de palabras y gestos…, “para llenarlo todo”.
Después de varios meses de concluidas las asambleas sinodales, podemos seguir rumiando la riqueza de las intervenciones, pero podemos decir, que todo el trabajo mira cómo el Señor lo llena todo con su palabra y su actuar. Es decir, la palabra no se queda sin realizar en el acto, como no se quedó sin actuar la palabra creadora al principio de todo: “hágase…, se hicieron…, y vio Dios que era bueno” (cfr Gén 1,11-31). A cada momento dentro de la celebración corresponde una palabra y una acción; Dios, por ende, llena de su presencia todo el entorno celebrativo. Es aquí donde la palabra actuada y proclamada no puede presentarse sin la consideración de que Él lo llena todo, de que lo puede todo, de que Él es palabra encarnada.
Nuestra celebración, que contiene además palabra proclamada, no puede quedarse en un conjunto de ritos inoperantes y vacíos, como si se tratara de una tediosa rutina. El misterio se actualiza y corre por las venas de la comunidad, del celebrante, del sacramento, del textus litúrgico, es decir, del delicado entramado de la celebración que incluye una cantidad extraordinaria de momentos y expresiones reveladoras de la misma salvación que se actualiza.
Se destaca, por lo tanto, el balance entre palabra y signo (gesto, acción). Ello nos puede dar ideas sobre cómo lograr que la palabra anuncie y prepare, mientras el signo realiza y actualiza. Sería muy útil, sobre todo, cuando encontramos homilías tremendamente largas con una escasa, apresurada e insipiente significación.
Palabra y escucha
Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Lc 11,28). Entre los temas mayormente abordados por los padres sinodales, aparece el de la escucha, como ya lo había identificado el Instrumentum laboris con estas palabras: “La asamblea litúrgica, gracias al Espíritu Santo, escucha a Cristo, ‘pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla’ (SC 7) y acepta la Alianza que Dios renueva con su pueblo.
Escritura y liturgia convergen, por lo tanto, en el único fin de llevar al pueblo al diálogo con el Señor. La palabra que sale de la boca de Dios y es atestiguada en las Escrituras vuelve a Él en forma de respuesta orante del pueblo (cfr Is 55,10-11)”.
En un mundo donde reina la confusión de propuestas, de mensajes, de filosofías, sólo la escucha obediente a la palabra da razón suficiente de nuestro ser cristianos, de nuestro vivir para Cristo. En este sentido la obediencia está referida e íntimamente ligada a la autoridad de Cristo (cfr Lc 4,32). En él se cumple la profecía, el anuncio, por esto es necesario escuchar obedientemente su palabra y ponerla en práctica. Ello da como resultado un dinamismo dialógico profundo.
La fuerza de la propuesta reside evidentemente en considerar que la Palabra de Dios es Jesús mismo, el verbo eterno hecho carne (cfr Jn 1,14), y que tiene palabras de vida eterna (cfr Jn 6,68), por esta razón el hombre se nutre especialmente de la palabra si la escucha en su interior y la obedece como la luz que guía sus pasos. Esta idea aparece a lo largo de las varias Congregaciones Generales que se verificaron en el Sínodo y nos da cuenta de la acción del Espíritu Santo que inspira a su Iglesia en la ardua tarea de conducir al pueblo de Dios hacia fuentes tranquilas para reparar sus fuerzas. Es ahí donde nos encontramos con el que permanece con nosotros, vive en medio de nosotros y sigue presente.
Palabra y presencia
Ahora bien, entendiendo que la celebración de la palabra en cualquier acción litúrgica expresa la presencia del Señor Jesús tal y como lo refiere el instrumento de trabajo: “El enfoque cristológico está necesariamente acompañado por el pneumatológico y ambos, conjuntamente, llevan al descubrimiento de la dimensión trinitaria de la revelación. Esta lectura asegura, por una parte, la unidad de la revelación en cuanto al Señor Jesús, y la Palabra de Dios, que reúne todas las palabras y los gestos transmitidos por la Sagrada Escritura, a través de autores inspirados, y fielmente custodiados en la tradición. Esto vale no sólo para el Nuevo Testamento, que narra y proclama el misterio de la muerte, de la resurrección y de la presencia del Señor Jesús en medio de la Iglesia, comunidad de sus discípulos convocados para celebrar los santos misterios”.
Este aspecto de índole cristológica pero profundamente trinitaria a fin de cuentas, atrajo el interés de los sinodales. Entender que por la gracia del Espíritu Santo, los fieles pueden percibir la presencia de Cristo en la Iglesia, en la oración, en la celebración de la palabra y, de una manera muy especial, en la Eucaristía, es descubrir que cuando celebramos el misterio estamos llamados a participar de su amor intratrinitario, que es expresión preclara de su presencia en medio de nosotros. Estamos llamados a guardar “todas esas cosas y [a meditarlas] en [el] corazón” (cfr Lc 2,19). A convencernos que la palabra proclamada es presencia salvífica de Cristo, por esta razón es urgente asumir el compromiso y la misión de seguir proclamando. “El ay de mí si no predicara el evangelio (1Cor 9,16) de san Pablo resuena hoy con peculiar urgencia, transformándose para todos los cristianos no en una simple información, sino en una vocación al servicio del evangelio para el mundo”.
La misión de proclamar la Palabra
Por todo lo anterior, la Palabra de Dios está íntimamente unida a la misión de la Iglesia. El día 6 de octubre se tuvo en la Segunda Congregación General la participación de los expositores de cada continente para ofrecer el diagnóstico sobre la Palabra de Dios vivida y celebrada en cada uno de los continentes. Las aportaciones apuntaron de modo extraordinario a ofrecer una panorámica de las diferentes acciones que las iglesias continentales realizaron en virtud de la trayectoria que han seguido a lo largo de estos años. Es muy motivador saber que “la Palabra de Dios oxigena la vida de la Iglesia en América Latina”. En la constante reflexión que los obispos hacen sobre y desde la palabra, es de apreciar el munus docendi así como munus sanctificandi, se apoyan constantemente en “la Sagrada Escritura [que] está inscrita antes en el corazón de la Iglesia que en un pergamino…, su lugar legítimo es el púlpito en la catedral para la catequesis episcopal”,8 es ahí donde se manifiesta la acción magisterial del obispo en unión con toda la Iglesia, que celebra un único misterio, que proclama una misma palabra, que late con un solo corazón, y que vive en un mismo espíritu.
Si hablamos de púlpito hablamos de un lugar, hablamos de una asamblea que recibe el mensaje, hablamos de una serie de elementos que confluyen en la compleja dinámica de anuncio y realización de la misión. Para los padres sinodales son muchos los argumentos que conviene considerar a propósito de una palabra en la dinámica de vida comunitaria y proclamada: “La Palabra de Dios, meditada y aplicada, se encuentra también en el lenguaje simbólico del arte sacro bizantino en varios niveles: ‘La palabra proclamada y escuchada está contenida en la Biblia; construida en formas arquitectónicas, abre las puertas del templo; cantada y representada en la escena hierofánica del culto, constituye la liturgia; misteriosamente dibujada, se ofrece en contemplación, en teología visual bajo la forma de icono’. La teología simbólica muestra qué inmensas perspectivas se abren, a partir de las escrituras en la liturgia, para acrecentar nuestra fe, para transformar nuestra vida en una liturgia cotidiana y para recuperar nosotros mismos el rostro del icono, según el cual, hemos sido creados”.
Conviene resaltar en la vida de las comunidades la perspectiva icónica en la constante vivencia, contemplación y permanencia en él, que se ha encarnado para enriquecernos de su divinidad.
Permanecemos en Él
¿Dónde vives? Es la pregunta que le hacen al Señor para saber más de Él, pero también escuchamos que el Señor repite constantemente “permanezcan en mi amor” (Jn 17). Podríamos decir que la Iglesia está llamada a vivir en la palabra, a vivir donde Él vive. Estar en Él es permanecer en su amor y en su palabra, ahí donde la dinámica santificadora adquiere mayor fuerza y brío. La palabra que es viva y eficaz es la que envuelve y acoge a la Iglesia, de modo que la celebración de la palabra cubre a la asamblea de esta misma eficacia.
Dentro de la liturgia de la Palabra encontramos la homilía que no es sólo la narración de lo dicho, ocurrido y escrito en el pasado, sino actualización con la fuerza del Espíritu Santo de lo que el Señor dijo e hizo. Lo proclamado como realizado in illo tempore e in diebus illis se cumple también hodie. La liturgia de la Iglesia es el lugar privilegiado en que las Escrituras son Palabra de Dios para la comunidad.
Es bueno recordar cómo en la liturgia, la narración bíblica se convierte en evento de salvación actual. Por lo que se refiere a la Lectio Divina podemos apuntar que tanto en los trabajos preparatorios como en la realización de las asambleas, tuvo un lugar preponderante, siendo el medio
privilegiado para meditar, orar y contemplar por excelencia, y aun cuando no forma parte de la acción litúrgica, es un medio extraordinario para preparar la homilía, para profundizar en la palabra de cada día, para configurarse con Cristo. Ahí se nutre también la misión y su realización.
Acción litúrgica como ejercicio de la misión
A lo largo de las reuniones generales, se fueron avizorando las posibilidades y actividades necesarias para lograr que los frutos del Sínodo incentivaran una mejor percepción, por parte del pueblo de Dios, sobre la misión de proclamar y actualizar el mensaje contenido en la palabra para cada individuo, cada comunidad, cada iglesia local, etcétera. De ello se derivan algunas de las propuestas que a continuación presento de manera sucinta para esclarecer mejor las necesidades concretas: Mejorar la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia.
La liturgia de la Palabra y de la Eucaristía no están separadas ni yuxtapuestas, forman una perfecta unidad, están íntimamente unidas entre sí, por ello es necesario favorecer la expresión de dicha unidad.
La “acción del Espíritu en la liturgia de la Eucaristía, como en la liturgia de la Palabra, es la que hace presente al Señor de la pascua el verbo de Dios, que se encarnó, padeció, murió y resucitó para el perdón de los pecados y hacernos hijos adoptivos de Dios, por el Espíritu”. El celebrante es un mistagogo y está llamado a llevar a la asamblea al perfecto encuentro con el misterio celebrado. “La liturgia de la Palabra caracteriza a la entera economía sacramental, en cuyo centro resplandece la santísima eucaristía. Sin duda, la celebración eucarística dominical es para la mayor parte de los católicos el principal camino para escuchar y responder a Dios que habla hoy a su pueblo”.
La Palabra en la formación del pueblo de Dios es indispensable y requiere establecer estrategias y programas bien definidos. Por ello es que se hace necesaria una catequesis a partir de la liturgia de la Palabra. La asidua lectura de las Escrituras no puede reducirse ni a puro estudio, ni a simple e inmediata reacción. Es relación personal con el Señor.
|