Análisis de la realidad familiar
 
01
MAY
2013
 
Cómo lograr 50 años de matrimonio
Autor: Gustavo Llaguno Velasco  
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El matrimonio de mis abuelos sí funcionó, ¿por qué el mío no?

 

 

Celebrar las bodas de oro

Los familiares y amigos cercanos iban llegando a la iglesia donde participarían de la misa de acción de gracias por los 50 años de casados de Don José y Doña Lupita. La iglesia estaba llena, pudieron asistir los seis hijos y sus respectivas parejas, a pesar de vivir en diferentes ciudades. Entre los invitados estaba Teresa, nieta de Don José y Doña Lupita, pero esta vez ya no iba con su pareja, sino que iba solamente con sus dos hijas.

 

 

El rostro feliz de los abuelos

Algo que le llamó la atención a Teresa fue el rostro de sus abuelos; entraron a la iglesia con una sobria sonrisa, con paz en sus miradas y tomados de la mano; llenos de arrugas que expresaban su gran experiencia y sabiduría, se disponían a dar gracias a Dios delante del sacerdote y de la asamblea presente, por los 50 años de caminar, luchar, gozar y sufrir, juntos. “¡Cuántas cosas no han de haber vivido mis abuelos!”

 

 

Recuerdos de un amor roto

La misa comenzaba y Teresa guardaba un momento de silencio interior que le permitió contactar con su tristeza… “sí, reconozco que estoy triste”, se decía a sí misma. Hacía apenas menos de un mes que se había separado de su pareja, Javier, a quien había conocido hace muchos años. Lo extrañaba, pero ella sabía que su relación no tenía ya futuro; después de tener dificultades, intentaron seguir buscando muchas estrategias, pero no funcionaron y por fin decidieron terminar. “¿Por qué no funcionó mi relación con Javier y sí funcionó la de mis abuelos?”

 

Teresa tenía más preguntas que respuestas. Teresa estaba sumida en sus pensamientos que fueron interrumpidos por los aplausos que la gente le daba al matrimonio quincuagenario al final de las misa, quienes salieron del templo con una mirada más radiante, sabiendo que Dios siempre estuvo a su lado, en las buenas y en la malas, que valieron la pena los sacrificios y pruebas, los riesgos y compromisos. Los invitados se trasladaron al salón de fiestas, donde hubo baile, música y una buena cena.

 

 

El brindis y dos historias simultáneas

Don José tomó la palabra y se animó a compartir algo de sus 50 años de matrimonio, y en algunos momentos también hablaba Doña Lupita para complementar o clarificar ciertas cosas que Don José ya no recordaba bien. Teresa estaba muy atenta a la narración, y mientras escuchaba la historia de la relación de sus abuelos, le rebotaba internamente y recordaba su propia historia con Javier; es como si escuchara dos historias simultáneas, desarrolladas en dos contextos totalmente diferentes.

 

Tabla comparativa de dos matrimonios

Don José

Doña Lupita

Teresa

Javier

Cuando nos conocimos...

Nos conocimos en el pueblo de Sta. Anita, por ahí de la década de los 50. Las tradiciones del pueblo eran muy importantes y todos compartían una misma religiosidad. Resulta que me gustó Lupita y se lo comenté a mi padre, quien se dispuso hablar con los padres de Lupita y concertar la boda. Lupita casi no me conocía, pero sabía que era respetuoso, trabajador y sincero, y eso le fue suficiente para casarse. Yo tenía apenas 19 años y Lupita 17 cuando nos casamos por lo civil y por la iglesia. Casarse por la iglesia era muy importante pues era como recibir la bendición de Dios y poner todo el empeño por forjar a la familia, y estar dispuesto a cualquier sacrificio.

Nos conocimos en una fiesta en la ciudad de México en el año 2000, un año lleno de expectativas ante el nuevo siglo y milenio que se avecinaba. El grupo de los amigos de Javier y mi grupo comenzaron a llevarse, y Javier y yo nos enamoramos; se me declaró y yo con gusto acepté; teníamos 26 y 22 años respectivamente. Duramos 7 años de novios, con sus altas y sus bajas; en dos ocasiones cortamos, pero luego volvíamos. Teníamos planes diferentes de estudio pero ambos logramos sacar una carrera y decidimos vivir juntos, nos faltaba conocernos más, por eso no queríamos arriesgarnos a casarnos, pensábamos que primero debíamos verificar si funcionaba lo nuestro o no.

Nuestros hijos... bendición de Dios

Dios nos fue bendiciendo con nuestros hijos, el cual nos concedió seis hermosos hijos, tres varones y tres mujeres. Había una señora que nos ayudaba en la casa y yo salía a trabajar duro todos los días por la familia, mientras que Lupita se dedicaba a las labores del hogar.

El sacrificio era duro con los hijos, ya que había que desvelarse, trabajar para conseguir de comer, criarlos y educarlos con paciencia (Teresa se preguntaba: “¿Cómo le hizo mi abuela para criar a tantos hijos?”).

Cuando me enteré que estaba embarazada, mil sentimientos vinieron a mi corazón, entre susto y dicha. Javier, se quedó impresionado y tardó en que le “cayera el veinte”. Supimos que iba a ser niña, y nos alegramos, pero al mismo tiempo nos era muy difícil cambiar nuestros hábitos y sentíamos que nuestra libertad individual iba desapareciendo, ya no podíamos hacer lo que a cada uno le gustaba hacer. Yo no quería pensar que mi hija se sintiera como un estorbo; ojalá Javier hubiera pensado igual.

Nuestra fe

Ambos somos católicos, yo, aunque no voy mucho a misa, tengo una gran fe y estuve siempre de acuerdo en que Lupita los educara en la fe y además fueran al catecismo.

Yo soy creyente pero no practicante; Javier era ateo y no quería saber nada de la Iglesia. Mis niños hasta ahora no están bautizados porque Javier se oponía hablar de religión. ¿Por qué accedí si no estaba muy de acuerdo?

Momentos difíciles

Hubo épocas difíciles y problemas fuertes, pero con la ayuda de Dios salimos adelante. Hubo una época en la que escaseó el dinero, pero frijoles y tortillas nunca faltaban, incluso Lupita se puso a trabajar; las presiones me llevaron durante un tiempo a beber mucho y estar ausente de casa. No fue fácil para Lupita enfrentar esa situación, pero tuvo paciencia, y sabía que si Dios nos había bendecido en el matrimonio, Él no nos iba a dejar.

También nosotros tuvimos problemas y épocas difíciles -pensaba Teresa-. Los dos trabajábamos y apenas salíamos económicamente. A Javier le costaba trabajo pensar que no había dinero para hacer otras cosas como: ir al teatro, viajar, ir de vacaciones, tener una casa propia en vez de un departamento rentado. Era una bronca ponernos de acuerdo para ver quién se quedaba con las chiquillas -tuvimos dos hijas-, pues quedarse con ellas implicaba para Javier no poder salir con sus amigos y hacer las cosas que a Él le gustaban.

Los problemas iban haciendo que Javier estuviera cada vez más ausente de casa, su dinero lo gastaba más en él y sus cosas, que en la familia, y la relación se hacía cada vez más débil. Sentía que de alguna manera nuestra relación ya no tenía cimientos o raíces, o tal vez nunca las hubo a pesar de tener dos creaturas hermosas.

Javier se convertía más en un estorbo y tomé la decisión de separarme y quedarme con mis hijas después de 6 años de haber vivido juntos.



Brindo por el amor a Dios y nuestro matrimonio

La fe en Dios, el amor a nuestros hijos, el amor entre nosotros y la fe en nuestro matrimonio nos fueron dando la fuerza suficiente para aguantar las pruebas, sacrificarnos y dar nuestra vida por los hijos y por nuestro matrimonio; hubo gente que nos echó una mano y el sacerdote del pueblo nos aconsejaba.

 

Por todo ello damos gracias a Dios y a ustedes, a nuestros hijos… y por ello brindamos por estos 50 años.

 

 

Para reflexionar

Después del brindis, Teresa tenía la esperanza de hacer el intento con una nueva relación, pero se hacía cuestionamientos importantes sobre el modo de vivir en pareja:

 

¿Por qué la relación de mis abuelos funcionó a pesar de que se casaron tan jóvenes, sin seguridad económica y casi sin conocerse?

 

¿Por qué mi relación con Javier no funcionó a pesar de haber vivido 7 años de noviazgo?

 

¿Cómo le hicieron mis abuelos para echar buenos cimientos en su matrimonio que les permitió aguantar tempestades? ¿Qué papel tuvo su fe en Dios y haber consagrado su matrimonio a Dios en todo ello? ¿Por qué tengo la sensación de que mi relación con Javier no tenía buenos cimientos?

 

¿Por qué defendíamos mucho nuestra libertad individual, pensando que seríamos infelices si la perdiéramos? ¿Cómo es que mis abuelos han sido felices habiendo tenido menos oportunidades que nosotros y su libertad individual se veía limitada al tener tantos hijos?

 

 

Tú querido lector/a, te puedes hacer éstas y otras muchas interrogantes. Te invito a profundizar en ellas.

 
 
 
 
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