Preguntas a una Teóloga
 
01
ENE
2013
 
¿Cuál es la diferencia entre pecado venial y pecado mortal?
Autor: Arlae Cecilia Gámez Luna  
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¿Qué es el pecado?

El Catecismo de la Iglesia Católica define el pecado como faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo. Más aún, manifiesta que es en la Pasión de Cristo donde el pecado manifiesta claramente su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo. El pecado se puede clasificar en pecado venial y pecado mortal.

 

 

Pecado venial

El pecado venial deja que la caridad siga existiendo en el hombre, aunque la ofende y la hiere.1 Es decir el pecado constituye un desorden moral que está relacionado con la falta de amor, la violencia, la incredulidad, el rechazo y la burla, y no rompe la Alianza con Dios. “No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni por tanto, de la bienaventuranza eterna”,2 y puede ser humanamente reparado por la gracia de Dios habiéndose arrepentido de él con un acto de contrición perfecta. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el pecado venial impide crecer al alma, que si no se atiende, poco a poco nos va haciendo más vulnerables al pecado mortal.

 

 

Pecado mortal

El Catecismo de la Iglesia Católica aclara que el pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre apartándolo de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza; para restituirla se necesita una nueva iniciativa de la misericordia Divina y una conversión del corazón, es decir, si volvemos nuestro corazón a Dios, nos arrepentimos y recibimos el Sacramento de la Penitencia (Confesión).

 

 

Profundizando más: el pecado es faltar al amor de Dios y a los hermanos

 

“Cuando uno de los escribas se acercó, los oyó discutir, y reconociendo que les había contestado bien, le preguntó: ¿Cuál mandamiento es el más importante de todos? Jesús respondió: El más importante es: ‘Escucha, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza’. El segundo es éste: ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Mc 12, 28-31).

 

Estos dos mandamientos son los principales que Jesús nos enseñó. Para Jesús no puede haber amor a Dios que no se manifieste vivo, tangible, real, aquí y ahora, en amor por el prójimo. Este es un dilema para muchas personas aún hoy que dicen que aman mucho a Dios, pero que no son capaces de amar y de servir a los demás de la misma manera que Dios nos ama a todos: incondicionalmente.3

 

 

El amor al prójimo

El término prójimo se refiere a uno que es “como yo”: porque somos seres humanos que padecemos de las mismas necesidades. Esta concepción de prójimo, surge del contacto con los diferentes a quienes se les reconoce como semejante, más allá de la raza o credo, no hay justificación para no tratar al otro como a un prójimo. Es así que se da un encuentro basado en el amor, no sentimentalista, sino como la no-indiferencia, más aún como una especial simpatía, atención y responsabilidad frente al diferente.

 

El amor al prójimo incluye el comportamiento atento, abierto, disponible, que no se orienta a la precaución, ni a la prevención, ni a la defensa contra el daño que se espera de él. Es la simple no-indiferencia frente al otro.

 

También el libro del Levítico en el capítulo 19, versículos 33 al 34 nos orienta sobre cómo relacionarnos con el prójimo que aquí es visto como el extranjero: “Cuando un extranjero resida con vosotros en vuestra tierra, no lo maltrataréis. El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto; yo soy el Señor vuestro Dios”. El extranjero será para vosotros como el nativo: lo amarás como a ti mismo. El extranjero es la causa de que haya surgido el mandamiento del amor. El ser humano fue descubierto en el extranjero. El motivo primordial del amor es el amor al extranjero.

 

Esto es amor genuino, veraz: simpatía hacia el extraño, que en cuanto tal ¡no me molesta sino cautiva mi atención! Él es como tú mismo; él es igual a ti. Es el amor lo que forma familia, crea y nutre a la comunidad humana. El amor en el reconocimiento del otro-yo desde las semejanzas y diferencias es lo que nos hace verdaderamente humanos.

 

 

La violencia es pecado

Al principio decíamos que la violencia también es pecado pues al reproducirla de manera verbal, física, psicológica, sexual, etc., estoy faltando al amor y siendo parte del sistema opresor que mata cotidianamente al no favorecer las condiciones mínimas de vida digna para todos/as. Aún más pareciera que la violencia es algo normal y que no hay forma de cambiarla.

 

Esto sería realmente el pecado: una ceguera, una incapacidad para poder percibir la luz de la vida debido a nuestro profundo involucramiento con la violencia. Violencia que desacredita y desaparece al otro, borra su rostro.

 

 

Superemos la violencia

Es importante vivir de manera concreta el amor al prójimo, superando la violencia y no faltando a la caridad cada vez que se presente la ocasión. Es primordial preguntarnos ¿de quién soy prójimo yo? ¿De qué manera vivo y muestro mi amor con mis compañeros, vecinos, etc.? ¿Cómo estoy reproduciendo la violencia en mi casa, trabajo, escuela? ¿Cómo puedo construir la paz en un mundo tan violento?

 

Ama a tu prójimo en cuanto que es uno como tú, pues si amas sólo a quien te ama, ¿qué recompensa tiene? Si no saludas más que a tus hermanos ¿qué hay de particular? El Reino de Dios consiste fundamentalmente en vivir una relación nueva con Dios basada en una relación nueva con el prójimo.

 

 

Notas

1. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1855.

2. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Reconciliatio et paenitentia, 17: AAS77 (1985) 221.

3. Centro de Estudios Bíblicos Xaire, Comentario al evangelio dominical.

 
 
 
 
 
 
 
 
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