Las Familias en nuestra Iglesia
 
29
FEB
2012
 
Las “familias” de hoy. Una tarea para las familias de nuestra Iglesia
Autor: José de Jesús Jijón Santiago  
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La familia de Pepe desde hace muchos años no es una familia “normal”. Conoció poco a su papá. Cuando éste murió él tenía cuatro años, su hermano tenía dos y su mamá estaba embarazada del más pequeño. Pepe y su familia no crecieron junto a su papá. Las tareas de proveer y proteger el hogar las asumió su madre, y para ello pidió apoyo a sus papás. Pronto los abuelos maternos de Pepe llegaron a vivir con ellos. Su abuelo y su mamá trabajaban mientras que su abuela se encargaba de las tareas de la casa. Regularmente las noches eran un espacio para estar juntos y platicar y quererse.

 

Cuando digo que la familia de Pepe no era “normal” me refiero a que él no experimentó lo que era tener un papá y una mamá. En su casa no pasó mucho tiempo para que él y sus hermanos empezaran a decirle mamá a la abuela y papá al abuelo. Así que tuvo dos mamás y un papá. Su caso no era el único. En su escuela, Pepe descubrió que algunos de sus compañeros y compañeras estaban en la misma situación. Había quienes no tenían papá o mamá. Había incluso quienes vivían con los abuelos, como él. Una de sus compañeras vivía con sus tíos. Sus papás habían emigrado y jamás volvieron.

Cierto es que a Pepe no le faltó cariño y atención. Pero cierto es también que no pudo gozar de tener a su papá y a su mamá viviendo con él. La situación de la familia de nuestro personaje es la de muchas en nuestra Iglesia, diferente de aquellas en las que hay un papá, una mamá e hijos y a las que se llama familia parental. Agradecemos a Dios que existan familias parentales pues, donde hay un papá y una mamá amándose, hay también unos hijos amados. Si son familias viviendo desde el amor, son familias que se apoyan y en las que todos los miembros buscan el bien de los demás. Superan las dificultades juntos y son felices por estar unidos.

El asunto es que muchas de las familias que forman parte de nuestra Iglesia no viven esta realidad. En nuestra Iglesia hay familias que son consideradas “disfuncionales”. Tal vez murió uno de los progenitores; quizá el papá o la mamá o ambos abandonaron el hogar. Puede ser también que a mamá papá la embarazó y no pudo o no quiso hacerse responsable del hecho. Hay otros motivos por los que en la casa uno de los progenitores no está: se fue al “norte” porque el dinero no alcanzaba, golpeaba y maltrataba a los hijos y a la pareja y el hogar se desintegró, los papás se divorciaron porque “ya no se querían” o porque ya no era posible vivir juntos...

En este sentido, hay muchas familias en las que los abuelos, los tíos, los compadres y hasta los amigos y las amigas han venido a formar parte. A este tipo de familias se les llama familias extendidas. Aquí, como en el caso de Pepe, es donde aparecen los papás y las mamás sustitutos. No procrearon a los niños y las niñas que acompañan en su crecimiento, pero están a su lado y se dan a la tarea, en muchos de los casos, de criarlos y educarlos. Habrá que decir que muchas de estas personas son seres humanos que asumen con cariño y ternura una paternidad-maternidad que no les correspondía.

Los dos tipos de familia mencionados pueden ser llamados familia. Desde luego nos gustaría que en nuestros hogares no faltara ni papá ni mamá. El punto es que la familia tendría que ser entendida como el grupo de seres humanos que habitan el mismo hogar; tu familia son aquellos y aquellas con los que te sientas a la mesa y que comparten contigo el pan y la sal.

He aquí algunos desafíos, planteados desde la fe en Jesús y desde nuestra Iglesia, para todas las familias: (1)

 

1 La familia es una comunidad de personas y está llamada a ser formadora de personas.

+ Una familia sin amor no puede acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en su dignidad de personas.

+ Las actitudes que se necesitan para que la comunión de la familia se fortalezca son: la gratuidad, una permanente reconciliación, respetar y promover la singularidad personal, propiciar la participación de cada miembro en la vida de la familia.

 

2 La familia, al vivir la comunión y la participación en el amor, está llamada a ser para la sociedad testimonio de aquello que se vive en su interior.

 

+ En la familia se debe promover el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de cada ser humano.

 

+ El verdadero amor, al ser vivido como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente hacia los más pobres y necesitados, hace de los miembros de la familia personas comprometidas con los más desfavorecidos.

 

+ En la familia, servir a los demás entregándose a sí mismo como don, ayuda a iniciarse en el valor del servicio hacia la sociedad y se aprende a dar antes que a recibir.

 

+ La familia puede promover la formación de la conciencia. Una actitud crítica y dialogante puede advertir, sentir, denunciar y solucionar las injusticias sociales.

 

+ La familia es un lugar en el que el varón y la mujer valen lo mismo como seres humanos.

 

 

Sería bueno que todos y todas contribuyéramos a que las familias mismas se preocuparan, sobre todo, por aquellas familias que conocemos y que viven situaciones difíciles: las familias pobres, las que tienen un familiar enfermo, las que tienen discapacitado a alguno de sus miembros; las que tienen hijos adictos, encarcelados, ancianos o marginados; las familias de migrantes, prófugos y exiliados; las familias en las que hoy todavía se vive violencia y muerte. Están también aquellos que no tienen una familia y que viven en orfanatos o en la mendicidad. Sigamos promoviendo en las familias del presente el amor, la solidaridad, el perdón, la justicia y la paz. Una familia que vive desde los valores del Reino, es una familia que apuesta por una sociedad más justa y solidaria. El papa Benedicto XVI afirma: “La unidad y la firmeza de las familias ayudan a la sociedad a respirar los auténticos valores humanos y a abrirse al Evangelio”.(2)

 

 

Oración por las familias

Padre de bondad:

Bendice a todas las familias del mundo. Que todos y todas los que somos miembros de una familia, nos preocupemos por llegar a ser, al interior de ella y de nuestra sociedad, personas capaces de amar a nuestros semejantes, personas capaces de promover valores que nos ayuden a ser mejores seres humanos. Te lo pedimos a ti, que sabes amar hasta entregarte por amor a los que desde siempre has amado.

Amén.

 

 

Notas:

1. Los puntos que aparecen a continuación fueron tomados de: Marciano, Vidal, 10 palabras clave en moral del futuro, EVD, Estella, 1999, pp. 161-193.

2. Discurso del papa Benedicto XVI a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, 13 de mayo de 2006.

 
 
 
 
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