Carta del mes
 
29
FEB
2012
 
¿Cómo puedo hacer que mi hijo adolescente se sienta feliz en familia?
Autor: Padre Emmanuel, ssp  
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Estimado padre:

He notado que mi hijo adolescente tiende a alejarse de la familia y prefiere aislarse en su cuarto o pasar tiempo con sus amigos. Parece que cuando está con nosotros, ya sea en la mesa a la hora de comer o en cualquier otra situación, quisiera estar en otro lugar, en donde fuera menos con nosotros, su familia. Es como si hubiésemos dejado de agradarle; no nos busca, no nos necesita, o por lo menos es lo que él cree; como si no lo entendiéramos o como si él no nos entendiera. Sé que es un adolescente y necesita pasar por las experiencias propias de esa etapa de la vida, pero quiero hacerle saber que la familia no tiene nada en contra suya y nunca lo tendrá. Quiero que se acerque a nosotros de nuevo, o por lo menos verlo feliz, contento cuando convive con la familia. ¿Qué puedo hacer para que mi hijo se acerque de nuevo a nosotros? Que se sienta y se sepa amado, que entienda que la familia lo necesita y que sepa que la familia disfruta de su compañía.

Josefina Ávila Acosta.


 

Estimada señora Ávila:

Su familia tiene en turno a un adolescente. Y por lo que usted dice tanto él como ustedes están pasando por una etapa crítica. Supongo que es fácil recordar cuando él era un niño… ¿lo recuerda? Un niño normal, juguetón, inquieto, a veces tremendo y rebeldito pero siempre cariñoso, sin duda con un poco de temor y obediente a sus papás que imponían en cuanto adultos. Pero casi sin sentir el tiempo fue pasando y ese niño, cuyo recuerdo lleva usted en su corazón, fue creciendo, cambiando, aislándose y comenzó a mostrar actitudes que no se le habían visto hasta entonces. Se distrae, se contradice, da opiniones rudas, respuestas hoscas pero sobre todo la estancia en el hogar y la relación con sus papás están en vías de cambio; la búsqueda de compañeros ha llegado a competir con la cercanía y el tiempo dedicado a los papás… sin ser exhaustivo esto es algo de lo que ocurre a todo adolescente, ellos y ellas.


Comencemos por decir que el crecimiento y la adaptación a nuevas situaciones de vida son inevitables. Las crisis individuales o familiares nos indican que el individuo y su familia están vivos y en desarrollo. Ni la persona ni la familia ni la sociedad son entidades semejantes a una roca, sin mayor manifestación de cambio; como entidades vivas están en continuo movimiento, desarrollo y adaptación. La palabra “crisis” proviene del verbo griego crinein, que significa “juzgar”; como cuando nos detenemos frente a una encrucijada para observar qué camino nos conviene más y, como no podemos detenernos, tenemos que optar por uno de los caminos para seguir nuestra ruta. La crisis pues, sea personal o grupal, en sí no es mala sino necesaria para avanzar. Lo que podría entorpecer el avance o desarrollo es aterrorizarnos y radicalizar nuestra postura al grado de perder toda comunicación, diálogo y cercanía.


Imagine por un momento a un hijo que no creciera, que no caminara, que no corriera, que no pudiera salir de casa, que no nos diera sustos ni alegrías… eso no suena atractivo ni siquiera para una leyenda. Hay un prototipo psicológico denominado “complejo de Peter Pan”, el niño que no quería crecer y no crecía; se aplica a los que quieren permanecer ahí, ante la encrucijada, sin atreverse a elegir una entre las muchas veredas de la vida.


Los adolescentes están buscando sus propios derroteros, diseñando los caminos por donde deberán andar. Y esta experiencia inédita los desconcierta, pero al final tendrán que vencer para pasar a la siguiente etapa, su primera juventud, sus primeras responsabilidades, reafirmando su autonomía ante un mundo que pronto los conduce a la vida adulta y les exige madurez.


Así como apoyamos a los pequeños, ¿cómo podemos apoyar a nuestros adolescentes?

Ante todo no dramaticemos. Es normal que anden huraños, que parezcan incluso disgustados, que diseñen los pasos que van a seguir en la vida con el método de ensayo y error. Ellos y ellas quieren, por lo general y aunque no lo digan, contar con el apoyo de adultos sanos y fuertes que tengan experiencia y visión, que no olviden que ellos también pasaron por esa etapa.


Ese apoyo y presencia habrá que darlos con discreción, como quien les suelta el volante pero atentos a reorientarlos al momento de salirse de la vía; les podremos dar criterios o pautas pero las decisiones son suyas, porque tienen que ver directamente con “su” vida.


En segundo lugar tiene que haber aceptación y reconocimiento mutuos, particularmente de parte de los padres y de los adultos en general, evitando a toda costa que los adolescentes se sientan engañados, injustamente “mandados al matadero” o simplemente manejados.


Y para ello deberá haber comunicación. Al adulto le corresponde ante todo escuchar con esta clave: qué están sintiendo los y las adolescentes, cómo lo perciben y lo expresan, qué piensan realmente y qué es lo que en verdad quieren… cómo se les puede ayudar sin estorbarles.


Es bueno recordar que educar no es sólo poner límites, en todo caso hay que enseñarlos a identificar y observar los límites a que habrán de atenerse. Ni a los niños ni a los adolescentes les agrada tanta teoría, más bien hemos de “actuar ante ellos”, que es el ejemplo mejor escuela. Recordemos que los adolescentes además de observadores son críticos, y que no podremos simplemente ordenarles “haz esto o aquello” ni sólo gritarles “eso no se hace”; menos cuando ven a los adultos haciendo lo que dicen que no se debe hacer, o sin hacer lo que dicen que hay que hacer.


Si nuestro o nuestra adolescente mostraran terquedad, o una reacción desmedida o cualquier comportamiento que se sale de la normalidad (“normalidad adolescente”), entonces deberemos recurrir a quien los pueda ayudar a superar el bache en que están atorados. Para nosotros, creyentes, la primera ayuda viene de lo alto. Tal vez el chico o la chica expresan que no les interesa la religión ni esas cosas –algunos motivos tendrán, sean válidos o no– pero lo importante es que papás y adultos, que ya hemos traspuesto la adolescencia, podemos orar por ellos; qué hermoso que fuera con ellos, pero por lo menos oremos por ellos.

Padre Emmanuel, Paulinos de México.



5 Mensajes clave para los padres de adolescentes

(De acuerdo al Dr. Rae, propuestos en su Investigación del 2001 para la Organización Panamericana de la Salud)

 

1. Gran parte del mundo de los adolescentes cambia a diario; lo que no debe cambiar es el amor de usted por ellos.

 

2. Vigile la actividad de sus hijos; usted todavía puede y debe seguir teniendo influencia sobre ellos.

 

3. Dé más libertad a sus hijos, pero no los suelte.

 

4. Durante la adolescencia, los padres siguen siendo claves y los adolescentes lo reconocen.

 

5. Usted no puede controlar el mundo en que viven los adolescentes, pero sí puede aportar ayuda y disminuir riesgos.


 
 
 
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