Terraza de letras
 
31
ENE
2012
 
La leyenda de los dos ríos…
Autor: Verónica Maldonado  
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En las tierras del sur habitaban Neuquén y Limay, dos jóvenes príncipes cuyos imperios eran vecinos. Juntos crecieron, pues sólo una pequeña colina separaba sus señoríos. Desde niños fueron grandes amigos: el príncipe del norte y el príncipe del sur.


Lo que más disfrutaban hacer juntos era salir de cacería… ninguno superaba al otro en habilidad para utilizar el arco. Y regresaban los príncipes con guanacos y conejos que atrapaban en sus incursiones por la montaña y los bosques que circundaban sus señoríos. Cierto día decidieron aventurarse más lejos, en busca de un águila altiva o de un halcón. Atardecía cuando, vencidos, decidieron regresar… pero los detuvo un dulce sonido que el viento traía desde lo alto de la montaña sagrada que se levantaba a un costado del camino… era un canto, triste pero hermoso que hizo que los príncipes subieran a ver de dónde provenía.  Arriba de la montaña sagrada estaba el lago alto, conocido como Huechulafquen. Grande fue su sorpresa al descubrir a una hermosa joven que, sentada en lo más alto, entonaba sus canciones a la luna.


Toda ella brillaba bajo la luz lunar… los príncipes se quedaron sin aliento, enredado su corazón en aquella negra cabellera. Limay, que era más atrevido, se acercó a la doncella, preguntándole su nombre. La jovencita, sorprendida, echó a correr, pero antes de desaparecer por el camino gritó con voz cantarina: “Soy Raihué, príncipe, ese nombre me dieron mis padres…”


Los príncipes regresaron a sus señoríos. Por muchos días dejaron de verse, agobiados por el enamoramiento que cada uno sentía por Raihué: casi no comían, casi no hablaban, contemplaban la montaña sagrada suspirando de amor. Los padres de ambos comenzaron a preocuparse por sus primogénitos. Pronto manifestaron, cada uno a sus respectivos padres, lo enamorados que estaban de Raihué. La jovencita no era otra que la hija de una poderosa hechicera que custodiaba la montaña sagrada. Y cada uno la requirió en amores y a ambos rechazó Raihué, desconcertado también su corazón y sin poder decidirse ni por uno ni por otro, pues ambos le parecían hermosos y llenos de virtudes.


La tristeza embargaba a Neuquén y la desesperación a Limay. Y la rivalidad por los amores de Raihué pronto hizo que los inseparables amigos se distanciaran el uno del otro. Eso no podía seguir así… y entonces los reyes del sur y del norte visitaron a la hechicera de la montaña sagrada. La mujer escuchó a ambos padres. Ella no podía hacer mucho, no podía meter la mano en el corazón de su hija y hacer que mirara con más amor a uno u otro príncipe. La sabia hechicera entonces aconsejó poner a prueba el amor de la jovencita… no sin antes advertirles que había un tercer rival que también anhelaba a la doncella: el turbulento Curef, dios del viento.


—Pregunten a mi hija lo que más desea su corazón. Segura estoy que quien se lo conceda, tendrá su amor.

E interrogaron a la jovencita.

—En el fondo, muy en el fondo del océano, hay una caverna profundísima. Dentro de ella, en su centro, está una caracola plateada que repite la voz del mar y canta al oído de quien la tiene… esa caracola es lo que más ansío.


Los dos príncipes decidieron preparar embarcaciones que los llevaran al centro del océano pero Curef, el otro enamorado, rondaba por ahí y escuchó todo. Haciéndose pasar por hechicero le propuso a cada príncipe, por separado, convertirlo en río para que su carrera al mar fuera más rápida. Y ambos cayeron en su trampa… y aceptaron.


Vueltos de agua, los príncipes eligieron sus caminos… Limay escogió tener su curso hacia el oriente y Neuquén hacia el poniente. Ambos, en su corazón, pensaban en respetar los resultados de la carrera al mar. Curef, balanceándose sobre las copas de los árboles, sonreía, seguro de quedarse con la joven. Apenas partieron los príncipes, el viento engañoso se dio a la tarea de atosigar a la joven con malos presagios. Apenas salía de su casa, murmuraba al oído toda clase de infundios… que la iban a olvidar, que en las regiones del oriente habitaban hermosas princesas que conquistarían sus corazones y ella se quedaría sola, esperando hasta la vejez su regreso, y Raihué, pese a ser una doncella fuerte, pronto fue escuchando la voz del veleidoso viento.


—Las estrellas harán que pierdan el curso… muchos años darán vueltas sobre la tierra antes de ver el mar… no volverán a ti, princesa, nunca, nunca, nunca…


Y Raihué miraba el horizonte con angustia día tras día y por las noches, subía a la montaña a cantar, embargada de tristeza. Un día, la doncella no pudo más y agobiada por la duda se arrojó desde lo alto de la montaña sagrada hacia el Huechulafquen.


Todos le lloraron. Curef, arrepentido y vuelto un remolino de dolor, llevó la noticia a ambos ríos que se volvieron tempestuosos, gritando contra las rocas y, en el dolor, se buscaron arrasando los campos y cubriendo las montañas, y cuando se encontraron, se fundieron en un abrazo de agua, llorando su pena por la hermosa Raihué.


Y es así como los ríos Limay y Neuquén se unen y forman el río negro, que discurre, triste y oscuro, por el sur de este continente.


 
 
 
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