Cultura Juvenil
 
10
OCT
2011
 
Derecho a la igualdad
Autor: Enrique Alejandro González Cano  
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Es probable que en algunas ocasiones hayas experimentado un trato desigual, pese a que constantemente se te invita a practicar la igualdad. De pronto sientes que no te tratan de manera igualitaria: tus papás, con respecto a tus hermanos; los maestros, en relación con tus compañeros de clases; tu grupo de amigos, respecto de otra gente, etcétera.

Sientes que algunas personas son “injustas”; que, como dice la abuela, “no miden con la misma vara”. Sin embargo, ocurren dos cosas. Por un lado, esa “desigualdad” que percibes puede ser aparente, pero en algunos casos puede ser real, ya que efectivamente ocurren desigualdades entre las personas.

En el primer caso (desigualdades “aparentes”), es necesario que tomes en cuenta lo siguiente: cada persona tiene habilidades y capacidades distintas. Incluso en varias ocasiones lo has percibido tanto en ti como en tus hermanos, amigos y compañeros. Te das cuenta de que tú posees cualidades o defectos que las personas que te rodean posiblemente no tienen. Así las cosas, tus papás te tratan de manera diferente en relación con tus hermanos porque cada uno de ustedes es distinto; algunos requieren más atención, por ejemplo, en el estudio, otros en su alimentación, etcétera; pero el hecho de que tus padres tengan atenciones diferentes no significa que quieran más a uno que a otro. Por lo general, si eres el mayor de tus hermanos, te exigirán más porque eres su ejemplo a seguir; si eres el menor, por ser el más pequeño; si eres mujer, porque requieres de otros cuidados y atenciones, principalmente en esta época de gran incertidumbre e inseguridad que azotan a nuestras sociedades.

Lo mismo ocurre con los maestros y otras personas adultas. Es imposible tratar a los jóvenes como si “todos fueran iguales” en el sentido de contar con las mismas capacidades. Posiblemente eres el mejor estudiante de matemáticas, y por lo mismo resultas el consentido o el que requiere menos atención; pero puede ser el caso que se te dificulte el inglés, y por lo mismo la maestra te pondrá más atención, “exigiéndote” más.

Hay un dicho popular muy cierto que dice: “no somos monedita de oro para caerle bien a todos”; y en este “no caerle bien” puede ocurrir, inevitablemente, un trato desigual. Pero resultaría absurdo, grosero e inhumano que por ese motivo no sólo tratemos a las personas de una manera desigual, sino hasta descortés y discriminante. Nuestra misma condición humana nos hace iguales y no hay motivos suficientes para que, movidos por las diferencias en nuestras capacidades, habilidades y destrezas, discriminemos a las personas. Por el contrario, un trato igualitario implica que reconozcamos en los demás sus cualidades como personas únicas, valiosas en sí mismas y diferentes a uno mismo.

Ahora bien, sería una cerrazón de ojos y de mente negar que en nuestras sociedades ocurra la desigualdad. Las noticias y la convivencia diaria lo confirman. Sin embargo, nuestra Constitución Política —en varias ocasiones pisoteada y transgredida incluso por los mismos “personajes” de la política— ampara la igualdad entre los mexicanos (¡por cierto, en este mes celebramos su 94 aniversario!). Así lo confirman las garantías individuales y de manera precisa el artículo 4º constitucional. De ahí que por derecho, y no sólo de hecho, merezcas un trato justo por parte de las autoridades y en general de la sociedad. Más aún, en sus artículos 5º y 6º defienden y promueven la igualdad y equidad de género de los jóvenes. Jurídicamente, no hay diferencia alguna entre personas en México.

Sin embargo, desde nuestras virtudes, cualidades, habilidades y capacidades, ocurren diferencias, lo cual enriquece nuestra cultura, nuestra convivencia con las personas. ¿Te imaginas lo que sería del mundo si todos pensáramos igual, si todos sintiéramos igual, si todos actuáramos igual? ¿No le faltaría “la sal y la pimienta” a nuestra pluralidad cultural?

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