Publicacion Mensual  
Año 58, No. 9, Septiembre de 2010
 
 
     
 
   
 
   
 
 
 
   
     
 
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Carta del mes

“Tengo un hermano homosexual”


 

Rev. Padre…

Soy Jacinto, me atrevo a escribirle porque soy un lector de La Familia Cristiana desde hace muchos años, y veo que usted aconseja a quien se lo pide. Le digo sin darle muchas vueltas: soy homosexual. Tengo otros hermanos. Soy un joven despierto, de buena presencia, profesionalmente realizado. He tenido una hermosa infancia, con amigos, deportes y los primeros lugares en la escuela. Los problemas iniciaron en el final de mi adolescencia. He intentado comprender, sin aceptarlo, el ser distinto de como la familia y la sociedad querían que fuera. Débil, he pensado con insistencia en el suicidio. E inclusive en algunos momentos hasta he pensado en hacerme sacerdote.

Fui formado en un ambiente católico, era el primero en no lograr aceptarme por lo que era, y a esforzarme en aparecer como todos me esperaban, escondiendo la dolorosa incomodidad que llevaba en el alma. He mentido y despedazado vidas de diversas muchachas, engañándome y haciendo el mal incluso a mí mismo. Finalmente, hacia los 25 años, un encuentro casual con un alma sufrida como yo me ha abierto definitivamente los ojos sobre mi afectividad homosexual.

No he dejado de ser cristiano ni de amar a mis padres; no he dejado de trabajar fuerte, ni de ser un “buen muchacho”; no he dejado de preferir los libros, la música, las costumbres y los intereses que ya tenía. Simplemente he decidido vivir mi condición que, ciertamente, no he querido y de ninguna manera escogido. Creo que esto me hace una persona mejor aún ante los ojos de Dios. Aún ahora no tengo el valor de hacer partícipes a todas las personas que amo de mi verdadero ser, pero sé que se trata de un proceso gradual.

Sentí una gran tristeza cuando me enteré de un jovencito que se suicidó en el estado de Nuevo León porque era homosexual: esto fue lo que me impulsó a escribirle. Padre, ninguno puede quitarme de la cabeza que la Iglesia –que debería manifestar y difundir el amor y la tolerancia– tenga una gran responsabilidad en el suicidio de ese joven, como en tantos numerosos casos “·inexplicables”, que ve adolescentes, jóvenes y también adultos envueltos en un profundo y creciente odio social hacia los diversos. Hace unos meses un famoso Cardenal de Roma, me parece que es mexicano, salió en los medios de comunicación social diciendo que los homosexuales no van a ir al cielo. Creo que seguramente fue mal interpretado, pues quién es él para decir eso.

No me siento un ser “contra-natura”, porque justamente Dios y la madre naturaleza me han querido como soy. Tengo, por tanto, el sagrado derecho de exigir respeto y perseguir, por lo que pueda, mi felicidad. De ninguna manera me interesa lo que está impulsandoo el Gobierno del Distrito Federal, de promover uniones entre personas que tenemos esta situación. No quiero ser el hazmerreír de nadie. Quiero, en lo más profundo de mí, ser un buen cristiano. Leo La Familia Cristiana desde que era pequeño, y al menos espero palabras de amor y la promoción de un mensaje de tolerancia.

Jacinto


Estimado Jacinto:

Primeramente agradezco la confianza que me tienes al contarme tu situación. Sé que no ha sido fácil para ti esta “confesión”, por eso te agradezco la confianza. En segundo lugar, el permitirme publicar tu carta, ya que puede ayudar a otras personas a entender y no condenar a nadie. Ojalá que para ti pueda ser objetivo y ayudarte como es mi deseo. Cuando se habla de homosexualidad, inmediatamente se forman dos grupos contrarios: por una parte los homosexuales que se sienten atacados y discriminados, y por tanto sienten el deber de defenderse; por otra, los heterosexuales, que ven el avanzar de los homosexuales como un peligro para la sociedad, y por tanto también sienten el deber de crear barreras defensivas.

Imagen comprometida

Jacinto, no pretendo entrar en esta guerra de posturas, sino que trato de ponerme desde otro punto de vista. Me pregunto: si tuviera un hermano o una hermana homosexual, ¿cómo me comportaría? Es muy probable que la primera reacción sea de desconcierto y de incredulidad. Lo primero que se piensa es que sea algo pasajero y que con el tiempo todo volverá a su lugar con la ayuda de personas expertas y competentes.

Pero cuando se ve que la situación ya está enraizada, es entonces cuando viene la angustia: la familia ve comprometida su imagen, especialmente si tiene sólidas raíces cristianas; desea que la noticia no se vuelva de dominio público, y aquí comienza aquel lento y constante martilleo, alimentado muchas veces del temor que se haga algo externo. Un hermano, ¿cómo se debería comportar? Inicio de experiencias que he visto repetirse en numerosas familias, especialmente en la reacción de los hermanos y de las hermanas. De ellas, pongo una que me parece muy significativa:

Difícil aceptar su condición

“Es mi hermano, los dos somos hijos de Dios e hijos de los mismos padres. Debemos ayudarnos en el camino de la vida. Mi amor por él me hace sentir `unido a él`, y me lleva a compartir su situación. Para nada baja mi estima y mi afecto, aunque encuentre dificultad para aceptar su orientación sexual.

Entiendo que esta tendencia no es un hecho de segunda importancia, porque marca toda su vida. Veo que deberá afrontar miles de obstáculos, que nacen de su condición de homosexual, y que se reflejan sobre la familia y, sobre todo, en su relación social.

Pero veo también aquello que él no logra o no quiere ver: que su vida futura está privada de toda aquella riqueza que, por el contrario, nace de una relación heterosexual.

Él se cierra en una relación que no tiene ese empuje permanente que es dado por la procreación de nuevas vidas, que enriquecen la existencia de quienes los han generado y aun de otros. Por eso entiendo que, aquellos como mi hermano, más que los otros, tienen necesidad de tener quién los sostenga para hacerles frente a la soledad e impedirles tomar opciones equivocadas.

Quisiera que todos lo respetaran como yo lo respeto. Y lo quisieran bien como yo lo quiero. Sufro si pienso que puede ser objeto de burlas, desprecios o marginación. Quisiera que se afirmara en la sociedad con todas sus cualidades, su trabajo y seriedad. De ninguna manera quisiera que se mezclara con aquellas personas que, con su comportamiento exhibicionista, echan descrédito sobre las mismas personas homosexuales, reforzando la convicción de que la homosexualidad puede ser grotesca y vulgar. Quisiera que como cristiano fuera un creyente convencido, un hombre de esperanza, empeñado en llevar paz y amor a los hombres, y al mismo tiempo que construya en sí aquellas virtudes que lo hacen responsable de sus acciones, justo, fuerte y equilibrado. Quisiera que tuviera conciencia de su dignidad de hijo de Dios y de la misión que también a él Dios ha confiado.

Quisiera que me ayudara a verlo en esta dignidad y no hiciera nada que traiga descrédito en su vida. Si el juicio de la gente sobre su persona es negativo, esto no debe nacer de su comportamiento, sino del hecho que el ojo de los otros es turbio, y cuando el ojo no está limpio –dice Jesús– todo se vuelve oscuro.

Apoyo familiar

En particular, le pediría no arrojar de forma negativa su condición sobre los otros, y de no despreciar la familia fundada sobre el matrimonio, porque son las familias que dan fuerza y solidez a la sociedad y a cada una de las personas. Aun aquellas personas como él, porque en el amor de los padres y de los hermanos pueden siempre encontrar la ayuda que muchas veces no logran encontrar en otro lugar. Finalmente, quisiera que se pusiera delante de Dios y le pidiera; “¿Para qué sirve mi homosexualidad? Y, ¿cómo debo vivirla para que se vuelva un hecho positivo?”.

Naturalmente, debería acompañar todos estos “quisiera” con un propósito sincero de quererlo ayudar, acogiéndolo y queriéndolo bien. Siempre vale para todos el principio que Dios nos ha confiado los unos a los otros. Y todos debemos aceptarnos y ayudarnos, sabiendo responder a las peticiones del prójimo; pero sabiendo también limitar esas exigencias nuestras que podrían resultar poco aceptadas y dañosas para los otros”.

 

La Familia Cristiana - Septiembre 2010